No sucede sólo en las películas. Así como Jane Fonda y Robert Redford
deciden cruzar el umbral de sus casas vecinas para compartir cama en Nosotros
en la noche, cada vez son más los adultos mayores que, no importando la edad,
quieren mantenerse activos sexualmente. Pero ¿cómo opera el deseo en esta etapa
de la vida? Aquí algunas pistas, a través de especialistas y de historias
decidoras: una pareja que decide amarse a los 70, un hombre que intenta
recuperar a su esposa infiel a punta de ejercicios pélvicos, una mujer que se
ducha con vibradores, una viuda que se prepara para su primer orgasmo.
Se habían casado hace 40 años y las metas que se propusieron estaban
cumplidas: tenían casa propia, hijos profesionales y nietos. Ahora jubilados,
además tenían todo el tiempo para disfrutarse. Pero una tarde, Raquel y Luis se
miraron, y los ojos se les empañaron. Solos en casa, ya no pudieron seguir
evadiendo el gran vacío que sentían.
“Contamos el uno con el otro y sabemos que debería ser suficiente a esta
edad. Pero nosotros no queremos acompañarnos; nosotros queremos amarnos”, le
dijeron al sexólogo una vez que, a sus 69 y 72 años, respectivamente, Raquel y
Luis (nombres ficticios) decidieron que el mejor regalo que podían darse en la
vejez era una terapia de pareja.
Antonio Godoy, director del Centro Psicológico de la Persona, la Pareja y la
Sexualidad (Ceppas), fue quien los acompañó en ese desafío. Y desde entonces su
forma de ver la sexualidad en la vejez cambió para siempre. Mientras el
discurso social que aún pesa sobre los adultos mayores es que ya no están para
esos trotes, vivencias como las de Raquel y Luis ponen en jaque esa creencia y
rompen con el conformismo.
“No era suficiente para ellos que el otro estuviera ahí. Querían hablar más
profundamente. Querían mostrarse, y sobre todo resolver diferencias. Habían
vivido evitando el conflicto, pero ahora querían más: ser un viejo compenetrado
con su vieja y viceversa. Volver a enamorarse”, dice Antonio, aún sobrecogido.
Experiencias como las de Raquel y Luis motivaron a Antonio y a su hermana
Alejandra Godoy -sexóloga, experta en tercera edad y doctorada en psicología clínica en terapia de pareja en Alemania- a escribir un libro que está a punto
de salir del horno. Bajo el título tentativo: Sexualidad después de los
50: hay que aprender de nuevo a hacer el amor, ellos sostienen que así como
la esperanza de vida se eleva ahora por sobre los 80 años, son cada vez más los
adultos mayores que se niegan a colgar los guantes amatorios tan pronto. El 15%
de los pacientes que llegan a Ceppas son de la tercera edad. Los viejos de hoy
no quieren apagarse. Tienen más preguntas. Quieren hablar de sexo.
“Si antes esto ni siquiera se estudiaba y las parejas venían con pudor, con
el siglo XXI cambió todo y ahora lo hacen con más pachorra. La literatura es
testigo de ello. Hay un libro que se llama Morir joven, a los 140,
para allá vamos. Eso de ‘estoy vieja para estas cosas’ se acabó. Estamos
vivos”, advierte Alejandra Godoy sobre un sector de la población que va en
aumento: según datos de la OCDE, la tercera edad activa en Chile subirá del 17%
al 43% en 2050.
Eros no tiene canas
Lleva una década especializándose en la sexualidad en la tercera edad y
derribando mitos, porque ella también pertenece a este grupo. Alejandra Godoy
tiene 66 años y no duda: dice que podemos tener orgasmos hasta que nos morimos.
En su consulta, los libros que recomienda a sus pacientes cumplen el rol de
estimulantes de la fantasía y están en sintonía con el empoderamiento de la
mujer en el mundo: El segundo sexo de Simone de
Beauvoir, Sexo para uno de Betty Dodson o La isla de las tres
sirenas de Irving Wallace son parte de las recomendaciones que hace a las
mujeres que atiende y que quieren mantener la vida sexual y el contacto con su
cuerpo.
“Estamos viviendo el florecimiento de la verdadera naturaleza de la
sexualidad femenina. Además, los de la tercera edad tenemos sexo más frecuente
que lo que ustedes tienen a los 30 o 40 años”, asegura la especialista.
Alejandra tiene
la agenda copada. Es la confidente de mujeres que se separan a los 60 y que
rehacen su vida con una nueva pareja o hacen match en Tinder, así como de
jóvenes que, pese a tener la energía y la salud impecable, están tan estresados
que acumulan frustraciones y disfunciones sexuales que Alejandra y Antonio ya
narraron en el libro Te amo, pero no te deseo. Las estadísticas en
edades tempranas son preocupantes: la frecuencia de sexo de las chilenas con
sus parejas -según un estudio publicado en 2017 por el Centro Mi Intimidad,
dirigido la kinesióloga y especialista en sexualidad y disfunciones, Odette
Freundlich- es de 4,2 veces al mes.
“Una de las cosas buenas de llegar a viejos es que desaparece la
eyaculación precoz, por ejemplo. Pero además, con menos obligaciones que
cumplir, aparece esa sensación de libertad y de querer hacer lo que se te
antoja. ¿Cómo llevar ese ímpetu a la cama de las generaciones que son más
conservadoras? Se puede y las mujeres tienen que partir por masturbarse. Yo lo
recomiendo a toda edad. Quienes no tienen sexualidad, se están privando de
beneficios físicos y emocionales”, dice Alejandra.
Usar las manos
-¿Se ha tocado
alguna vez?
Michelle Thomas
Vial, sicóloga y directora académica del Centro de Estudios de la
Sexualidad-Chile, le hizo esta pregunta a Ana (nombre ficticio) a principios de
2018 en su consulta.
A los 75 años, Ana se acercó a pedir ayuda luego de que la contactó un
pololo que había tenido a los 14. Se había enamorado perdidamente de Carlos en
su juventud, pero cuando él se fue a vivir al extranjero y le pidió que se
casaran, fue su madre quien se opuso: le dijo que estaba muy chica y que primero
tenía que estudiar. Ana obedeció y terminó con Carlos. Años después, conoció a
otra persona. Se casó, tuvo hijos y se dedicó a ellos por 40 años.
Cuando enviudó, pensó que hasta ahí llegaba todo y bajó la cortina. Pero
Carlos -que siempre la mantuvo en su retina y que también había enterrado a su
mujer- decidió buscarla e ir tras ella. Cuando Ana pidió hora con la sexóloga,
lo hizo porque quería prepararse. Nunca había tenido un orgasmo. Quería que
esta fuera su primera vez.
“Luego de ser
madre y esposa toda la vida, por fin tenía la posibilidad de ser mujer y amante
y no la quería desperdiciar”, dice Michelle sobre uno de sus casos más
desafiantes.
Ana tomó un espejo y miró detenidamente su vagina. Identificó su clítoris.
Exploró con vibradores y se compró un lubricante. Masturbándose por primera vez
descubrió su cuerpo a los 70 y fue tomando notas: su deseo seguía vivo. No les
ha contado a sus hijos aún, pero hoy está pololeando. Carlos sigue viviendo
afuera, pero la viene a ver seguido y ella sabe que la distancia lo pone
fogoso.
Ana cerró la fábrica, pero abrió un parque de diversiones.
“A medida que se amigaba con su cuerpo, se ponía cada vez más bonita. Ver a
una mujer plena en la tercera edad no es tan distinto a ver a una mujer
embarazada o enamorada: brillan. Se deshacen de peso y sonríen. Para los
adultos mayores puede ser extremadamente excitante salir a bailar, darse un par
de besos y dormir cucharita. Mientras nosotros tenemos un estándar gigante de
lo que debe ser el buen sexo y tenemos relaciones apurados, ellos se
reencuentran con la caricia y con el roce. No necesitan levantarse temprano al
otro día”, dice Michelle.
De igual forma, advierte la especialista, la sexualidad de la que habla es
aún muy ABC1: “Hay adultos mayores que no se van a sacar la ropa si no tienen
calefacción en sus casas porque se agarrarían una neumonía ni tampoco se pueden
dar el lujo de tomarse un vino. Las personas con menos recursos tienen más negado
el placer. Eso es lamentable”.
En cámara lenta
La vejez suele ser mirada por la cultura occidental desde conceptos como el
desgaste y el déficit físico, mental y social, pero en la encuesta Calidad
de vida en la vejez, que publicó la UC con la Caja Los Andes en 2017, el
65% de los adultos mayores considera la vida sexual como importante. Y un
tercio de ellos dice mantenerla activa.
Que la tercera
edad no siente deseo, que deja de funcionar o tiene relaciones insatisfactorias
no son más que fantasmas que se derrumban cuando los análisis de Ceppas
muestran que no se observan diferencias significativas en las dinámicas de las
parejas mayores respecto de las que se dan a otras edades: todos, sin importar
la edad, anhelan sentir amor y placer.
Si bien el apetito sexual se mantiene, sí está probado que con el paso de
los años cambia la intensidad y la velocidad con que se obtiene el placer. La
calidad de la erección y la lubricación vaginal disminuyen, aparecen
enfermedades (diabetes, hipertensión, problemas cardíacos, osteoporosis) y los
fármacos, pero las ganas siguen allí como una mecha que espera al fuego para
volver a encenderse.
La estimulación en esta etapa de la vida tiene entonces que ser mutua.
“Esta cosa de la mujer pasiva: ‘házmelo’, ya no funciona -dice Alejandra
Godoy-. Además, si los viejos quieren hacerlo ‘a lo joven’, claro que no les va
a funcionar, pero eso no significa que no haya placer y orgasmos. Pasa que a
esta edad es un trabajo en conjunto y tiene pros y contras. Por un lado, si una
pareja se conoce bien, sabrá adivinar al otro y fluir, pero también, y
justamente porque son cuerpos conocidos, es que el desafío por ser novedoso
para el otro es mayor. Volver al romance es fundamental. Y si logras conectar,
los resultados no se comparan con los de la juventud. Sí, todo es más lento,
pero la calidad aumenta”.
La sexualidad no es sólo biológica u hormonal, sino que también un reflejo
de la manera en que íntimamente nos hemos relacionado a lo largo de la vida,
agrega Michelle Thomas Vial. Es decir que si hemos cultivado una sexualidad
activa y regular de al menos dos veces por semana con la pareja, ésta no
debería perderse con los años; a lo más demandará más tiempo, que es algo con
lo que cuenta la tercera edad.
“En otras
palabras, te vas a encontrar a los 65 con la misma sexualidad que has
construido desde los primeros años. Y amarás y cuidarás como te amaron y
cuidaron. Es así”, explica Michelle.
Mientras en la adolescencia y la adultez, la sexualidad está muy centrada
en lo genital o en el coito, en la tercera edad se diversifica: los juegos
previos adquieren igual o más sentido que en las etapas en el que ser humano
recién comienza a explorarse. “No es sólo cómo me acuesto con alguien, sino
cómo nos acariciamos o acompañamos en lo cotidiano -explica la directora
académica del
Centro de Estudios de la Sexualidad Chile-. Y todo eso tiene que ver con
cómo hemos hecho la vida juntos: si nos hemos dado o no espacios para ser
pareja, además de padres. Si tenemos intereses en común o nos hemos mantenido
conectados, si hablamos de nosotros o nos hemos dedicado sólo a mantener el
hogar y a trabajar. Cuando el nido vacío empieza a hacer efecto, esto se nota.
Una de las dificultades que se da, por ejemplo, es que las mujeres que se han
dedicado full a la crianza lo único que quieren es salir a comer o viajar,
mientras que los maridos proveedores, que se han pasado la vida afuera, lo
único que quieren es retornar al hogar. Y entonces se dan cuenta de que no
están a la par sexualmente”.
Sexo sin ti
Amanda (nombre
ficticio) tiene 86 años y en los cuatro matrimonios que lleva a cuestas ha
intentado mantener la comunicación con sus parejas. Pero como no ha encontrado
un partner a su altura, toma horas de terapia porque quiere simplemente hablar
de sexo. Algunas de las amigas con las que conversaba este tema se han muerto,
así que en las sesiones se desahoga.
Amanda es una adelantada a su época y tiene bastante experiencia: pololeó
desde temprano, se casó a los 19, se separó en reiteradas ocasiones, se
emparejó con un hombre 10 años menor, tuvo hijos de dos esposos distintos y
sólo por diversión estudia en la universidad con compañeros de 18.
“Ya, po’, mamá, basta”, le dicen sus hijos cuando ella se pone a contar sus
aventuras.
Amanda se siente desadaptada. Pero cuando entra a sesión, se acepta. “Las
mujeres mayores han entendido la sexualidad siempre en función de la
reproducción o de satisfacer a otro por sobre su propio placer, pero eso está
cambiando”, cuenta Michelle.
Amanda no es la única. En la consulta de Carolina Silva -kinesióloga
especialista en fisioterapia pélvica en el Instituto de Urología, Sexología y
Medicina Reproductiva de Chile-, una mujer de 65 años que enviudó hace 12 años
le confesó: “No me pienso casar de nuevo. Armar otra familia me da lata. Pero
mis juguetes sexuales son lo máximo. Se meten conmigo hasta en la ducha y me
encantan. Te traje uno de regalo”.
Alejandra Godoy, sin embargo, dice que nunca será lo mismo que hacerlo de a
dos. “Hay una sustancia, la oxitocina, que es la del apego, de cuando damos de
mamar, que no se produce con la masturbación”.
Los hombres, si no es con la pareja al lado, suelen atreverse menos a pedir
orientación sexual, coinciden los especialistas. Pero cuando Sergio (nombre no
real), de 65 años, supo que su mujer, tres años menor, le había sido infiel el
año pasado con uno más joven, debió escuchar, destrozado, lo que su esposa le
venía repitiendo hace años: “Te puse el gorro porque hace rato que no estás
dando la talla y me cansé”. Pero esta vez sí le cayó la teja. Y en lugar de
pedirle el divorcio, gritó auxilio.
Frente a la terapeuta confesó que estaba enamorado y que quería mejorar
para ella. La especialista lo mandó a hacerse exámenes y además de controlar su
hipertensión lo puso a ejercitar su piso pélvico (conjunto de estructuras
musculares y fibrosas que tapizan el suelo de la pelvis). Le recomendó el
viagra. Luego de varios meses, Sergio logró recuperar a su esposa y ahora
tienen actividad sexual con más frecuencia de la que tuvieron durante todas sus
vidas juntas.
Constanza del Rosario, sicóloga que hace talleres de piso pélvico para
mujeres de todas las edades, dice que una de las consecuencias de la poca
educación sexual que existe en Chile es que no sabemos valorar el juego, la
complicidad y la conversación: “A los hombres les pasa mucho eso: llega ese
momento en que fisiológicamente ya no se sienten los mismos y se dan de baja.
Empiezan a evitar a las señoras porque se dan cuenta de que ya no funcionan
como lolos y se sienten presionados. Pero como no lo verbalizan, ellas no se
explican por qué no quieren estar con ellas. Y como él ya no está siempre listo
y la mujer siente, a su vez, que dejó de ser deseable, todo se pone cuesta
arriba”.
Mostrarse vulnerables frente al otro, hablar sin tapujos de sus temores,
hace la diferencia: “Lo óptimo es aprovechar ese camino recorrido juntos
-explica Constanza-. Hacer el proceso de desnudar las almas”.
Raquel y Luis -la pareja que decidió amarse a los 70 y que llegó a la
consulta de Antonio Godoy- se desnudó por completo. Más conscientes ahora de
sus fragilidades y de las razones que los mantienen juntos, reactivaron su vida
sexual.
Constanza del Rosario lo resume así: si a los 30 o 40 años el sexo aún es
una lucha de caracteres, porque se están limando identidades, en edades mayores
esas tensiones desaparecen. “Hay mayor conciencia de que ‘this is the end’,
entonces quieren puro disfrutar. Están a otro nivel de placer. Su excitación no
está fragmentada, es total”.

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